Volumen 19, Número 51, Mayo-Agosto 2026, pp. 15 - 25
y bajo rendimiento se retroalimentan mutuamente.
nivel global, los trastornos de ansiedad
I. INTRODUCCIÓN
A
Las emociones constituyen un componente
fundamental del aparato psíquico humano, cuya
función adaptativa ha sido ampliamente reconocida en
la literatura científica. A través de ellas los individuos
no solo interpretan su entorno, sino que también
orientan su comportamiento, regulan su toma de
decisiones y establecen vínculos interpersonales.
Lejos de ser respuestas aleatorias, las emociones
operan como señales bio–psico–sociales informando
sobre el estado interno del organismo frente a las
demandas externas, facilitando así una respuesta
ajustada a las circunstancias (Parra et al., 2022). Sin
embargo, en el contexto contemporáneo, caracterizado
por los altos niveles de presión social, sobrecarga
informativa y disociación emocional, se observa una
creciente dificultad en el reconocimiento, expresión y
regulación de los estados afectivos, especialmente de
aquellos percibidos como negativos. Esta disfunción
emocional favorece la adopción de esquemas cognitivos
desadaptativos, estrategias de afrontamiento evitativas
y una tendencia al control emocional rígido, lo cual
puede derivar en desbordamientos afectivos sostenidos,
constituyendo un terreno fértil para el desarrollo de
trastornos emocionales.
constituyen una de las condiciones de salud más
prevalentes, afectando aproximadamente al 4,05% de
la población mundial, equivalente a 301 millones de
personas. Esta carga epidemiológica refleja no solo la
alta incidencia, sino también en una tendencia creciente
en las últimas décadas (Javaid et al., 2023). La ansiedad
concebida como una respuesta emocional cognitiva,
emerge a partir de procesos continuos de evaluación
y reevaluación cognitiva, donde el individuo analiza
información contextual, pondera recursos disponibles
y anticipa posibles resultados, con el propósito de guiar
su conducta de manera estratégica. Este mecanismo
adaptativo cumple una función esencial en la regulación
emocional y en la preparación conductual frente a
estímulos percibidos como amenazantes, operando
como un sistema de alerta que facilita la supervivencia
y la resolución eficiente de situaciones potencialmente
adversas (Hamm, 2020).
Según Osorio (2021) los jóvenes universitarios,
comprendidos entre los 18 a 24 años, atraviesan una
etapa crítica de transición caracterizada por intensas
demandas académicas, sociales
y
emocionales,
si bien estas representan oportunidades para el
crecimiento personal y profesional, también los
exponen a un sinnúmero de riesgos influyentes en
su bienestar integral. Durante este periodo, factores
como el consumo de drogas, problemas nutricionales
dificultades en la salud mental, riesgos en la salud
sexual y reproductiva, así como la exposición a violencia
y situaciones adversas en ámbito tanto familiar como
educativo afectan considerablemente su calidad de
vida.
Los recientes desarrollos en el campo de la salud
mental han puesto en relieve la creciente prevalencia
de trastornos de ansiedad y depresión entre jóvenes
universitarios, evidenciando una problemática compleja
con múltiples determinantes bio – psicológicos,
los cuales exigen una atención rigurosa desde el
ámbito académico y clínico. La etapa universitaria
caracterizada por intensas exigencias cognitivas,
cambios en la identidad personal, y transiciones
vitales críticas, se ve además atravesada por factores
propios de la sociedad contemporánea como la presión
por el rendimiento, la hiperconectividad digital, la
inestabilidad económica y la precariedad en las redes
de apoyo, que actúan como elementos crónicos capaces
de precipitar y sostener sintomatología depresiva y
ansiosa de moderada a severa (Moscoso et al., 2021).
Esta sintomatología, lejos de constituir una respuesta
adaptativa o transitoria, impacta de manera directa en
dimensiones fundamentales del quehacer académico,
como la concentración, la toma de decisiones, la
capacidad de planificación, la regulación emocional, y
en última instancia, el desempeño general, originando
un círculo vicioso donde el deterioro de la salud mental
Los adolescentes, como un grupo particularmente
susceptible a trastornos emocionales, son los más
vulnerables a la ansiedad y la depresión, debido en
gran medida a factores cognitivos desadaptativos
centrados principalmente en la percepción de peligro
y amenazas en dominios clave como la aceptación
social, la competencia personal y el control percibido
sobre situaciones de presión social (García, 2023).
Esta configuración cognitiva los predispone
a
interpretar los eventos cotidianos desde una óptica
negativa, exacerbando la reactividad emocional ante
estímulos adversos. En comparación con individuos
emocionalmente más estables, los adolescentes
vulnerables tienden
a
experimentar con mayor
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