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Triviño. Neurobiología de las habilidades interpersonales
I. INTRODUCCIÓN
Para Santa Cruz et al., (2023), la adolescencia
se considera un período de transición a la vida
adulta, donde se presentan cambios neurobiológicos,
emocionales, cognitivos y sociales que transforman a
un adulto, esta fase oscila entre 12 a 17 años, donde
se ratica la plasticidad cerebral para reorganizar la
identidad, consolidan las funciones ejecutivas y salud
mental.
Wesley et al. (2024) señalan que durante las
últimas décadas, el discurso global en educación
y bienestar de los adolescentes ha comenzado
a desplazarse hacia la inclusión de habilidades
socioemocionales como componentes estructurales
en los currículos educativos. Organizaciones
internacionales, incluyendo la UNESCO (2023), han
destacado la necesidad de fortalecer estas habilidades
debido a problemas emergentes como la ansiedad y
depresión aumentadas, el ciberacoso, la erosión de la
comunidad, el uso problemático de la tecnología y el
aumento de la presión social y académica. Además,
el impacto post-pandémico ha profundizado los
desafíos psicoemocionales en los adolescentes,
incluyendo la autorregulación, el apego afectivo y las
habilidades sociales.
Cioca et al., (2024), en este escenario, las
habilidades interpersonales son cruciales para la vida
diaria y para interactuar con las dinámicas del siglo
XXI. Su naturaleza transversal permite articular el
bienestar socioemocional, la inclusión, el liderazgo
colaborativo, el compromiso cívico y el rendimiento
académico. Desde un punto de vista técnico, estas
habilidades abarcan la capacidad de comunicarse
de manera asertiva, regular las emociones al
interactuar con otros, cooperar por un objetivo
común, empatizar con diferentes perspectivas, leer
señales sociales y resolver conictos de manera
constructiva. La literatura especializada coincide en
que constituyen un conjunto complejo que involucra
procesos cognitivos (atención, memoria de trabajo
social, funciones ejecutivas), emocionales (empatía,
regulación emocional, mentalización) y conductuales
(asertividad, resolución de conictos, cooperación y
negociación).
En este contexto, el presente estudio tiene como
objetivo analizar la evidencia cientíca reciente
sobre el desarrollo de habilidades interpersonales en
adolescentes desde una perspectiva neurobiológica
y socioeducativa, identicando patrones, vacíos
de investigación e implicaciones para la práctica
educativa.
Base neurobiológica: una oportunidad de
apertura
Giordano et al., (2025), arman que la
adolescencia es un momento ideal para adquirir
nuevas habilidades interpersonales. Esto se
explica, en parte, por la reorganización del cerebro
adolescente. Para Redolar (2023), indica que el
desarrollo de la corteza prefrontal, especialmente las
áreas dorsolaterales, ventromedial, orbitofrontal, y la
integración de redes frontolímbicas, generan mejoras
en la regulación emocional, la toma de perspectiva, el
control de impulsos y la toma de decisiones sociales.
Mientras tanto, el sistema límbico, especialmente
la amígdala, está hiper-responsiva. Esto hace que
el individuo sea emocional y socialmente sensible.
Como resultado, los adolescentes pueden acceder
fácilmente a las inuencias sociales y al aprendizaje
relacional.
Este escenario es una oportunidad, no una
restricción. La neuroplasticidad sináptica signica
que la estructura, y los aspectos emocionales y
cognitivos del cerebro pueden experimentar cambios
duraderos. Esto es especialmente relevante cuando
se implementan programas educativos orientados al
desarrollo socioemocional, especialmente aquellos
centrados en la competencia social. En términos más
simples, los cerebros de los adolescentes no solo son
receptivos a estímulos sociales, sino que también
necesitan estar involucrados en el aprendizaje social,
la pedagogía relacional y los marcos adaptativos.
Importancia Socioeducativa: una
Competencia Estratégica
Li et al., (2024), argumentan que el bienestar
emocional de los individuos también se ve afectado
por las habilidades interpersonales. Sin embargo,
estas habilidades también son fuertes predictores del
rendimiento académico. Yue et al., (2024), Varios
metaanálisis han demostrado que los estudiantes que
tienen mayores competencias emocionales y sociales
obtienen mejores calicaciones, muestran una mayor
persistencia académica y son menos propensos a
demostrar comportamientos disruptivos; también
tienden a participar en mayor medida en actividades